En sus primeros años tras su adquisición y bajo el cuidado de Octavio Díaz, el entorno del Molino de los Díaz fue transformado en un espacio de ocio y convivencia que rápidamente se convirtió en un símbolo de Almería. El molino estaba rodeado de jardineras con geranios y rosales que adornaban tanto la plazoleta, a la que se accedía por dos rampas, como la zona elevada que lo circundaba. Entre su vegetación destacaban higueras y una pequeña palmera, única sobreviviente de aquella época, que aún hoy es testigo silencioso de su esplendor.

Sin embargo, a finales de los años 80, Octavio Díaz se vio obligado, por circunstancias ajenas a su voluntad, a ceder el molino al Excmo. Ayuntamiento de Almería. Esta decisión, aunque difícil, se tomó bajo la promesa de que el molino sería conservado y su entorno transformado en una zona verde para uso público. A pesar de los compromisos iniciales, las iniciativas planteadas nunca llegaron a concretarse, y el molino entró en un lento declive a partir del año 1.987 fecha en la que pasó a ser propiedad pública.
